Lo hago todos los días, y hoy lo cronometré en detalle. 45 minutos de mi vida, ida y vuelta de la universidad.
11 minutos: Caminar de mi casa al metro de la Previsora. Atracciones: las meretrices locales, si tienes suerte de dicen "Ese papi", lo cual te permite sentirte superior 10 segundos antes de digerirlo bien (Minutos 0 a 3); El tramo de minuto y medio que huele a cloaca, y llevan dos años sin arreglar (Mnutos 3 a 5, las meretrices evitan el olor); el pozo de porquerías que se forma en cierto tramo de la calle, y hay que saltar para no ensuciarte (Minuto 8); el galpón misterioso que están construyendo (Minuto 8); sobrevivir el cruce de calle (Minuto 9); el hombre inmensamente obeso del kiosco frente la Previsora (Minuto 10); la persona del Primera Hora (Minuto 11, ojo, no tiene que ver con la persona normalmente fea sino con el periódico).
6 minutos: Transferencia subterranea. Atracciones: las masas de personas esperando en Plaza Venezuela; los empujones en el camino; la música de segunda (Presencias constantes en todo el recorrido).
5 minutos: Esperar al metro (tiempo medio). Atracciones: el viento cuando llega el metro (Minuto 22); el manoseo para entrar (Minuto 22); la carrera para conseguir asiento (Minuto 22); el libro que voy leyendo (Minutos 0 a 45, solo que ahora es que comienzo a no tener distracciones); el pendejo (o la pendeja) que siempre me menciona que tengo el bulto abierto ("Si yo sé huevón, tengo el bulto abierto porque me viene en gana, si te hace feliz lo cierro"... me muero un poco cada vez que me lo dicen, generalmente allá por el Minuto 20 cuando te agarraron confianza Dios sabe de donde).
23 minutos: Viaje de metro en sí. Atracciones: el libro que voy leyendo. Molestias innecesarias: los raperos que cantan y después piden dinero; los sordos que te dan una hojita de papel mal impresa y sucia y después te piden dinero; los drogadictos recuperados que te dan una estampita de algún santo y después te piden dinero; los tullidos que te cuentan sus sufrimientos y te piden dinero; los criminales, que al menos tienen el consuelo de que no te ladillan mucho antes de pedirte dinero (generalmente estas criaturas se presentan allá por el minuto 35); la gente que oyé música desde sus celulares sin audífonos (al menos no piden dinero, aunque mejor no darles la idea); la gente de colegios militares que siente la necesidad de hablar demasiado alto y obligarme a pararme de mi asiento para no compartir espacio con ellos; las licras exageradamente inapropiadas que no puedes dejar de ver; el ebrio hablando pistoladas; la gente que te ve leyendo y porque no trajeron nada siente la necesidad de conversar sobre nimiedades.
Termina bajándome del metro, y subiendo escaleras hasta llegar a la universidad.
jueves, 19 de febrero de 2009
viernes, 6 de febrero de 2009
Porqué no escribo más de economía
A medida que el mundo se hunde en una recesión desagradable, con el desempleo disparándose en medio planeta y con escasas ideas de como va a terminar todo esto, me siento en la necesidad de ofrecer explicaciones. Como bien sabe el lector, yo soy estudiante de Economía, y todo este desastre me hace pensar sobre la profesión que he escogido.
La supuesta utilidad que tiene mi futura profesión es que nos sirve, entre otras cosas, para guiar las decisiones ecómicas. El típico chiste de los economistas dice que una persona que hace la misma pregunta a tres economistas recibe cuatro respuestas distintas. El economista detesta dar una respuesta clara a las preguntas, llena todo de "si", "dado", y "supongamos", pero al menos hasta hace poco habían respuestas, sino idénticas, al menos similares a lo que estaba pasando. El problema ahora es que las respuestas ni se están pareciendo.
El debate económico de mayor importancia ahora es lo del paquete de estímulo. Intente explicarle el tema a un amigo hace poco, y la verdad es que caigo inevitablemente en una palabrería ecónomica que presupone una familiaridad con los supuestos que francamente no existe. En esencia, el debate que están teniendo los economistas sobre el paquete ha llegado a un nivel de tecnificación que nadie que no es economista puede entenderlo. Pero lo peor del caso es que ni los economistas están de acuerdo. Hay quienes dicen que es totalmente inservible, otros que es muy pequeño, otros muy grande, unos que dicen que los recortes de impuestos tienen mayores efectos, otros que es el gasto en infraestructura. Y lo peor del caso es que nadie está seguro de si lo que están diciendo es verdad (aunque no impide que se use un tono de superioridad insoportable: ver el reciente premio Nobel Paul Krugman). La profesión dejó de preocuparse por el tema de la política fiscal hace algún rato, esencialmente estamos usando modelos de los 70 para hacer estimaciones hoy. Para cuando se tengan teorías modernas sobre el estímulo fiscal, con toda esperanza la recesión habrá pasado.
Entonces es por eso que no escribo mucho de economía. Lo que se supone que hacemos los economistas en este mundo es, entre otras cosas, moderar las discusiones económicas, aterrizar las cretinadas que con frecuencia dicen los políticos, revelar las verdades incómodas. Pero ahora en buena medida ni eso podemos hacer, entonces no encuentro muy útil escribir del tema.
La supuesta utilidad que tiene mi futura profesión es que nos sirve, entre otras cosas, para guiar las decisiones ecómicas. El típico chiste de los economistas dice que una persona que hace la misma pregunta a tres economistas recibe cuatro respuestas distintas. El economista detesta dar una respuesta clara a las preguntas, llena todo de "si", "dado", y "supongamos", pero al menos hasta hace poco habían respuestas, sino idénticas, al menos similares a lo que estaba pasando. El problema ahora es que las respuestas ni se están pareciendo.
El debate económico de mayor importancia ahora es lo del paquete de estímulo. Intente explicarle el tema a un amigo hace poco, y la verdad es que caigo inevitablemente en una palabrería ecónomica que presupone una familiaridad con los supuestos que francamente no existe. En esencia, el debate que están teniendo los economistas sobre el paquete ha llegado a un nivel de tecnificación que nadie que no es economista puede entenderlo. Pero lo peor del caso es que ni los economistas están de acuerdo. Hay quienes dicen que es totalmente inservible, otros que es muy pequeño, otros muy grande, unos que dicen que los recortes de impuestos tienen mayores efectos, otros que es el gasto en infraestructura. Y lo peor del caso es que nadie está seguro de si lo que están diciendo es verdad (aunque no impide que se use un tono de superioridad insoportable: ver el reciente premio Nobel Paul Krugman). La profesión dejó de preocuparse por el tema de la política fiscal hace algún rato, esencialmente estamos usando modelos de los 70 para hacer estimaciones hoy. Para cuando se tengan teorías modernas sobre el estímulo fiscal, con toda esperanza la recesión habrá pasado.
Entonces es por eso que no escribo mucho de economía. Lo que se supone que hacemos los economistas en este mundo es, entre otras cosas, moderar las discusiones económicas, aterrizar las cretinadas que con frecuencia dicen los políticos, revelar las verdades incómodas. Pero ahora en buena medida ni eso podemos hacer, entonces no encuentro muy útil escribir del tema.
lunes, 26 de enero de 2009
Un despotrique romano
Buscando el origen de la frase que titula el post anterior (o tempora, o mores; Oh, los tiempos, oh las costumbres), me encuentro con esto:
Se siente extrañamente apropiado.Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? Quam diu etiam furor iste tuus nos eludet? Quem ad finem sese effrenata iactabit audacia?
¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia? ¿Hasta cuándo esta locura tuya seguirá riéndose de nosotros? ¿Cuándo acabará esta desenfrenada audacia tuya?
Primera Catilinaria, Marco Tulio Cicerón, siglo I A.C.
Etiquetas:
de la pluma de otros,
palabrería
domingo, 25 de enero de 2009
O tempora, o mores
Ayer tuve una discusión con una amiga sobre qué es la alternabilidad. ¿Es la posibilidad o capacidad que tiene algo de alternar? ¿O es sinónimo de alternancia? Quedamos en que lo iba a buscar en el diccionario, para ver que dice (se apeló al nefasto Larrouse*, pero no me pareció convincente). El caso es que, sorprendemente, la palabra no existe. No sale en el DRAE, lo buscas en Google y no hay ni un resultado de búsqueda que sea una definición. Lo que sí existe es "alternativo", que al buscarlo en el diccionario tiene ambas acepciones (Que se dice, hace o sucede con alternación; o capaz de alternar con función igual o semejante.).
¿Cómo hicimos para elevar a principio constitucional la "alternabilidad en el poder", que no hay forma de saber que significa? Entiendo que nuestra constitución es de vanguardia, pero no había necesidad de inventar conceptos que solo se aplican acá. Entonces, para aclarar dudas, o más bien reconocer la realidad, propongo una definición:
Alternabilidad
1. m. Ven. Vocablo de vanguardia cuyo significado depende de la orientación política personal.
* 1. m. diccionario de escasa confiabilidad
¿Cómo hicimos para elevar a principio constitucional la "alternabilidad en el poder", que no hay forma de saber que significa? Entiendo que nuestra constitución es de vanguardia, pero no había necesidad de inventar conceptos que solo se aplican acá. Entonces, para aclarar dudas, o más bien reconocer la realidad, propongo una definición:
Alternabilidad
1. m. Ven. Vocablo de vanguardia cuyo significado depende de la orientación política personal.
* 1. m. diccionario de escasa confiabilidad
sábado, 24 de enero de 2009
Apología a las trancas
Retomo el rol de apologista para defender, ahora con toda sinceridad, las trancas (para aclarar, las trancas a la entrada de la universidad que impiden que la gente llegue a clases). No es una causa que esté en particular necesidad de defensores, como lo era la de los camioneteros, ni una que se preste a hacer los chistecitos irónicos que tanto me gustan, pero me parece que hay una defensa coherente al asunto que va un tanto más allá del "no queda otra).
Tupi argumenta que trancar la universidad es anti libertario y por ello condenable. Yo prefiero enfocarlo de otro punto de vista: impedir el acceso a la universidad puede perfectamente ser una solución a un problema de acción colectiva. Imaginémonos por un momento que todos los estudiantes, si pudiéramos escoger, preferimos no tener clases y marchar, pero que si hay clases, preferimos asistir a marchar. Como los incentivos individuales que se le presentan a cada estudiante lo llevarían a asistir a clases si hay, lo que ocurre es que nadie marcha (para un ejemplo de esta situación, véanse el lunes 19 o martes 20), a pesar de que eso es lo que quieren. Entonces las trancas surgen como una solución a este problema: obligan a la cancelación de clases y exámenes y por tanto permiten al estudiantado ejercer su verdadera preferencia.
Claro, este planteamiento está plagado de suposiciones que pueden ser falsas: no sé si la mayoría prefiere marchar que ir a clases, ni sé si la gente que prefiere tener clases le gustan mucho más las clases de lo que gusta a los marchistas marchar, etc. ; pero sin embargo me parece un planteamiento lógicamente consistente. Las trancas realizadas por los iluminados, en nombre de los estudiantes, al forzar la cancelación de clases permiten a los estudiantes marchar sin preocuparse, lo cual es lo que quisieran hacer si pudieran expresarlo.
Esto no justifica de modo alguno, eso sí, trancas de autopista ni nada por el estilo, de hecho, la idea me desagrada profundamente. Ahí no estás resolviendo un problema de acción colectiva, simplemente estás buscando el mayor impacto mediático con la menor cantidad de gente posible.
Tupi argumenta que trancar la universidad es anti libertario y por ello condenable. Yo prefiero enfocarlo de otro punto de vista: impedir el acceso a la universidad puede perfectamente ser una solución a un problema de acción colectiva. Imaginémonos por un momento que todos los estudiantes, si pudiéramos escoger, preferimos no tener clases y marchar, pero que si hay clases, preferimos asistir a marchar. Como los incentivos individuales que se le presentan a cada estudiante lo llevarían a asistir a clases si hay, lo que ocurre es que nadie marcha (para un ejemplo de esta situación, véanse el lunes 19 o martes 20), a pesar de que eso es lo que quieren. Entonces las trancas surgen como una solución a este problema: obligan a la cancelación de clases y exámenes y por tanto permiten al estudiantado ejercer su verdadera preferencia.
Claro, este planteamiento está plagado de suposiciones que pueden ser falsas: no sé si la mayoría prefiere marchar que ir a clases, ni sé si la gente que prefiere tener clases le gustan mucho más las clases de lo que gusta a los marchistas marchar, etc. ; pero sin embargo me parece un planteamiento lógicamente consistente. Las trancas realizadas por los iluminados, en nombre de los estudiantes, al forzar la cancelación de clases permiten a los estudiantes marchar sin preocuparse, lo cual es lo que quisieran hacer si pudieran expresarlo.
Esto no justifica de modo alguno, eso sí, trancas de autopista ni nada por el estilo, de hecho, la idea me desagrada profundamente. Ahí no estás resolviendo un problema de acción colectiva, simplemente estás buscando el mayor impacto mediático con la menor cantidad de gente posible.
jueves, 15 de enero de 2009
Palabras de usos múltiples
En la Escuela de Administración y Contaduría:
- Secretaria: Tienes como sucio atrás.
- Yo: Eso es paja.
- Secretaria (con cara horrorizada): ¿Cómo?
- Yo: En el sentido de grama seca, digo.
(Salgo de la escuela).
- Secretaria: Tienes como sucio atrás.
- Yo: Eso es paja.
- Secretaria (con cara horrorizada): ¿Cómo?
- Yo: En el sentido de grama seca, digo.
(Salgo de la escuela).
martes, 13 de enero de 2009
Cuestión de clase I: populares, cívicos y responsables
He aprendido a querer y aceptar la expresión "clases populares". Hasta hace poco me parecía ilógico usar un término que en sí mismo no tiene significado alguna, pero ahora he visto la luz y reconozco mi error. No se puede llamar a este grupo de personas "pobre", les hace sentir como si tuvieran menos recursos que el resto, en otras palabras, les echa su condición en cara con toda sinceridad y eso es inaceptable en una sociedad moderna. "Marginales" es peor aún, con una sola palabra destruye cualquier sentimiento de fraternidad entre clases al poner a ciertas personas "al margen" de la sociedad. "Clase baja" es horroroso, genera un sentimiento de inferioridad que carcome el tejido social y atrofia el sentido de superación: es una condena lingüstica a una condición socioeconómica. En cambio, el hablar de "sectores populares" no recuerda a nadie de nada, no tiene imágenes asociadas, es un lienzo vacío que podemos llenar con las aspiraciones de un futuro mejor.
Pero esto nos deja con un pequeño problema: ¿podemos, en una sociedad ética, continuar usando términos que corroen la unidad social, como "clase media", "clase alta", o peor aún, horror de horrores, "ricos"? La respuesta es un rotundo no. ¡Inaceptable!
Propongo por tanto reemplazar estas expresiones que solo crean odio y malos ratos. A la clase media la debieramos llamar "sectores cívicos", sin entrar así en odiosas comparaciones, y quitando la pesadísima carga moral y psicológica de sentirse en el medio de todos los problemas. Por otra parte, a los ricos los debemos llamar "clases responsables" o "comprometidas", recordándoles de las obligaciones que tienen con la sociedad por sus privilegios. Además, creo que va muy en sintonía con la responsabilidad social y servicio comunitario que son los deberes morales de cualquier ciudadano que quiera merecer esa distinción.
Con estos pequeños cambios en términos, creo que podemos avanzar a una sociedad mejor, y dar el primer paso a la reconciliación nacional, seamos populares, cívicos, o responsables.
Pero esto nos deja con un pequeño problema: ¿podemos, en una sociedad ética, continuar usando términos que corroen la unidad social, como "clase media", "clase alta", o peor aún, horror de horrores, "ricos"? La respuesta es un rotundo no. ¡Inaceptable!
Propongo por tanto reemplazar estas expresiones que solo crean odio y malos ratos. A la clase media la debieramos llamar "sectores cívicos", sin entrar así en odiosas comparaciones, y quitando la pesadísima carga moral y psicológica de sentirse en el medio de todos los problemas. Por otra parte, a los ricos los debemos llamar "clases responsables" o "comprometidas", recordándoles de las obligaciones que tienen con la sociedad por sus privilegios. Además, creo que va muy en sintonía con la responsabilidad social y servicio comunitario que son los deberes morales de cualquier ciudadano que quiera merecer esa distinción.
Con estos pequeños cambios en términos, creo que podemos avanzar a una sociedad mejor, y dar el primer paso a la reconciliación nacional, seamos populares, cívicos, o responsables.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)