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viernes, 12 de febrero de 2010

La buena vida

Mi rutina diaria, cuando no cocino en mi casa, involucra comerme un sandwich (o como lo llaman acá una baguette*) en una tienda manejada por franceses en la que por lo general la comida es excelente. Hace poco pedí una sopa de cebolla, que llevé cuidadosamente los 10 minutos de caminata hasta la biblioteca para poder tomarla con calma, ansiosamente esperando poder deglutir una de mis comidas favoritas. Me terminó mi sopa y voy a mi prepa, dónde me consigo con un amigo que me pregunta qué tal estuvo.

- Sumamente decepcionante, digo yo, me aurrinó el día.

- Debes llevar una muy buena vida, interjecta una chama, si una mala sopa te aurrina el día.

Lo cual me pareció muy cómico, además de cierto. Aunque en mi defensa, la sopa sí fue sumamente decepcionante. La cebolla no estaba caramelizada, no tenía ese sabor que deja el alcohol cuando se evapora, y algún idiota decidió que llevaba romero y un bojote de pimienta. A mi además me encanta la sopa de cebolla, y tenía grandes expectativas que se fueron al piso con aquel vil brebaje. Quizás sea indicativo de que las cosas me van bien por acá, pero sin duda fue lo peor que me pasó ese día.

*Tema separado, pero esto de los nombres de carne-entre-dos-pedazos-de-pan es rarísimo. En ningún país lo llaman en su propio idioma: aparentemente una comida tan común necesita el uso de una palabra importada para sentirse exótica.

sábado, 3 de octubre de 2009

La imporancia de ser Igor

Venezuela es la tierra de los nombres raros. Te puedes llamar cualquier vaina, y la gente no pone caras, ni pregunta insistentemente acerca del origen etimológico del nombre. En Inglaterra, sin embargo, las cosas cambian. Presentarme a cualquier persona involucra en la gran mayoría de los casos dar explicaciones.

Las conversaciones suelen ir como sigue. Doy mi nombre. Me preguntan de dónde soy. Digo que venezolano. Pero Igor no suena como un nombre venezolano, dicen. Ahí tengo explicar que me llamo Igor porque es común en el País Vasco, y desciendo por parte de padre de vascos. Sí, claro que es ruso también, pero no es por eso. Claro, el País Vasco es una región de 3 millones de personas, con lo que alguna gente no sabe qué es y queda más confundida aún. Me imagino que cuando la ETA estaba en su apogeo era más fácil, pero hemos medio desaparecido del mapa.

Pero mi origen vasco no es el único detalle de mi vida que tengo que compartir. Tengo un acento en inglés que suena gringo a los oídos no gringos (para quienes mi acento es un misterio), lo cual naturalmente invita a la pregunta de si he vivido en los Estados Unidos. Entonces dos terceras partes de las personas que conozco se enteran de que veo mucha tele gringa por cable, que es la explicación más sencilla que tengo a mi acento.

Podrá sonar que me estoy quejando, pero nada más lejano de la verdad. Todo lo de ser venezolano con nombre vasco y acento gringo prolonga un par de minutos las introducciones y en ocasiones ha dado origen a conversas interesantes.

jueves, 13 de agosto de 2009

Esto es un asalto

Una escena de mi vida que merece ser compartida. La escena, la Avenida las Acacias de la Florida, volviendo a mi casa. 4 de la tarde, más o menos. Casi seguramente venía leyendo, pero había dejado el libro para pensar un rato. Un motorizado se me para al lado.

-Motorizado: ¡Dame tu teléfono!
- Yo: ¿Cómo?
- Motorizado: ¡Que me des tu teléfono!
- Yo: ¡No!

Sigo caminando por calle como si nada. Pienso que es bastante mala educación pedir un celular prestado de esa forma. Sin por favor ni nada. ¿Qué paso con la moral y las buenas costumbres? Sólo al llegar a mi casa me doy cuenta que fue un intento de asalto. La verdad es que hasta que comparto el cuento no estoy seguro.

Supongo que a ustedes les hace gracia que me intenten asaltar y no me dé cuenta. Acepto que es bastante curioso. Pero creo que el problema es del motorizado. Quizás piense que la gente está tan asustada que ni amenazas concretas hacen falta, que la sola presencia de un desconocido pidiendo algo lleva al venezolano a entregar lo que tiene encima. Pero, como pueden ver, alguna gente está lo suficientemente calmada, por el motivo que sea, para que eso no funcione. ¿Qué sucedió con la noción de avisar que es un asalto? ¿Tan flojos se han vuelto nuestros criminales que ni un cuchillito sacan? Ni una pistola pido, por el amor a Dios. Mi teoría es que con tanto criminal los que saben lo que están haciendo se están dedicando a crímenes mayores. A los potenciales asaltados no nos toca más que amateurs.

lunes, 10 de agosto de 2009

Del filisteísmo

Corro el riesgo de volverme una persona bastante desagradable. Una persona despreciada por la mayoría de las personas que la conocen, y a quien insultan con frecuencia cuando no está presente. Una persona con la que nadie quiere hablar por lo insufrible de su conversa. Una persona pretenciosa.

Por eso agradezco haber visto "The Squid and the Whale" (una película independiente que ahora que lo pienso no ayuda a no parecer pretencioso, pero ya llego al punto). El personaje principal (Bernard) es un escritor que alguna vez fue exitoso pero ahora es un fracasado. Tiene esta conversa con su hijo Frank:

Bernard: Ivan is fine but he's not a serious guy, he's a philistine.
Frank: What's a philistine?
Bernard: It's a guy who doesn't care about books and interesting films and things. Your mother's brother Ned is also a philistine.

Dos cosas. En primer lugar el concepto de filisteo me parece genial, y me siento muy tentado de usarlo frecuentemente como insulto. El problema es que no quiero usarlo como insulto, porque quiero ser como Bernard. Usar filisteo como insulto quiere decir que desprecio al resto de la humanidad porque no comparte mis gustos. Dudo mucho que en el futuro tenga amigos que no compartan mis gustos, y especialmente tenga amigos que no lean. Sin embargo, aspiro que si no llego a ser todo lo que quiero ser, mi consolación no sea pensar que todo mundo es un filisteo; que ser pretencioso ni llegue a definir quien soy.

domingo, 19 de julio de 2009

Compartido con grupo de rescate

Subiendo al Ávila nos conseguimos con una gente de amarillo, que andaban con una cámara buscando a una persona imaginaria de nombre Gregorio. Les pregunto que son y dicen que el Grupo de Rescate Venezuela. No muy original el nombre. El tema de este post tampoco es muy original. Para que estén prevenidos.

Bajando por la Cota Mil en Altamira me consigo con una de esas alcabalas de la PM que últimamente están por todas zonas de la ciudad que acostumbro pasar. Tengo esta conversación:

- Buenas noches, oficial.
- Buenas noches, sus documentos por favor.
- Déjeme abrir la puerta del carro para que se prenda la luz.
El carro es un Corsa y no sé cómo más prender las luces de adentro.
- ¿En qué trabajas?
- Estudiante.
Todos los policías por algún motivo están muy interesados en la profesión de uno.
¿Preguntarán por aburrimiento o en serio les sirve de algo?
- ¿Qué estudias?
- Economía.
Aquí me provocaba decirle que Astrofísica, pendejo, y tú,
¿que estudiaste?. Pero después seguro preguntaba que era eso y me daba fastidio contestar. O se me ofendía.
-
¿En la UCV?
- Sí.
Mentí para ver si la fascinante conversa se movía a otros temas. Desafortunadamente sí lo hizo. A todas estas consigo mis papeles. Los tengo todos.
-
¿De qué nacionalidad eres?
- Venezolano.
Tengo cara de confundido. No comprendo para que sirve esta línea de interrogación. Además esa información sale en mi cédula. Que no sea tan flojo y lea el muy polícia.
-
¿Y tus padres?
- Venezolanos tambíen. Nacidos acá y todo.
- Porque estos nombres no son de acá.
No me jodas la paciencia. Provoca preguntarle el nombre al tipo, para ver que tan venezolano es. Porque seguro García es un apellido indígena de larga data, y Yonan es nombre de prócer.
- Ah, es que somos vascos. Originalmente.
Les informo a todos estas que el policía era blanquito ojos verdes.
-Bueno, puedes irte.

viernes, 10 de julio de 2009

Injusticias burocráticas

Últimamente me he pasado un buen rato en colas esperando a que los dioses de la burocracia me concedan el exquisito privilegio de su gozar de su atención. La verdad es que no ha sido una experiencia particularmente desagradable, porque al menos disfruto de los ratos en cola para leer. O al menos eso intento. En estos momentos estoy leyendo algo particularmente denso que requiere un nivel medianamente alto de atención, y un hábito venezolano que era causa más de pena que de otra cosa ha pasado a ser una irritación.

Hablo de la incapacidad de preparse adecuadamente para una cola. Si sabes que vas a estar un buen rato esperando, una persona racional trae su IPod, un libro, un amigo, un sudoku o crucigrama, el periódico, ALGO que ayude a lidiar con el tedio de un largo rato parado viéndole la espalda a la persona que tienes en frente. Pero no. El venezolano ha decidido torturar a los que planificamos nuestra cola con un incesante parloteo acerca de temas banales, un parloteo nacido por supuesto del más profundo ocio. Es injusto con nosotros los lectores, pero me siento obligado a buscar alguna clase de explicacion. Ahí van, de más perdonable a menos:
  • Te quitaron tu medio de entretenimiento: Ya sea porque te lo robaron en el camino, o por la creencia que cualquier aparato electrónico es un peligro a la dignidad consular te preparaste para tu cola pero las circumstancias conspiraron en tu contra. Te compadezco. Tienes derecho a quejarte con quien te pase por delante de la injusticia del mundo.
  • Incapacidad: No sabes leer y no tienes para comprarte un IPod. O tienes mala vista y no has conseguido lentes (que honestamente son bien caros). No creo que sean muchos, especialmente en lugares como consulados, pero merece compasión quien no le queda más que hablar para manejar el embrutecimiento inducido por una larga espera.
  • Optimismo infundado: Todos hemos caído en esta. Te dijeron que la cita era a las 10 y media y llegamos justo a la hora para no tener que esperar, y resulta que todavía no han atendido a la persona de las 9. O la última vez te tardaste 5 minutos y albergas la esperanza que se repetirá. Entonces no trajiste nada para distraerte. Tener esperanzas en la eficiencia de una burocracia es, en palabras de Rosales, pedirle peras al horno, pero al menos tenías el corazón dónde es. Tu aburrimiento podría verse como una lección para el futuro, pero algún nivel de simpatía mereces.
  • Descuido: Simplemente se te olvidó que tenías que traer algo, o saliste apurado y se te olvidó. Es medio cretino pero nos pasa a los mejores.
  • Placer: Te gusta esperar. Seguramente debe ser alguna clase de enfermedad mental, en cuyo caso no me siento bien juzgando. O te divierten las cosas que pasan en las colas. Por ejemplo, el otro día la gorda en frente mía en la cola de información pregunta como hace para casarse. Pero es gay dice. Obviamente la gallega de información le dice que igual que los demás, no es que hay la cola separada para homosexuales, un ayuntamiento lésbico de Madrid, o un subsidio para matrimonios entre gordas feas. El caso es que al irse la gorda la gallega pone una cara, más por lo idiota de la otra mujer que por otra cosa supongo. Yo me río. Me pregunta porqué. Y me bloqueo. No digo nada y quedo como un idiota. Bueno, al final salí con un cuento simpático de mi cola y quizás hay gente que no se prepara para su cola para poder captar todas las curiosidades del lugar.
  • Soledad: Ya entramos en lo patético. No tienes amigos y te ves obligado a buscar contacto humano hablándole a la gente en las colas. Procedes a revelar por lo insufriblemente tedioso de tu conversa porqué estás solo en este mundo.
  • Buscar pareja: No consigues novia por medios convencionales, entonces decides atacar mientras están esperando. Como sabes que no se van a poder escapar por miedo a perder su puesto, tienes garantizado que algo te pararán. Eso, o eres un romántico que le encanta el cuento de cómo tus padres encontraron el amor en la cola para un concierto Simon & Garfunkel, o algo así. No te compadezco, lo que haces es violación conversacional.
  • Falta de empatía o delirios de grandeza: En el mal sentido de ambos términos. No tienes la capacidad de comprender que a nadie le interesa lo que estás diciendo, entonces hablas sin parar. Delirios de grandeza sería que crees que la gente se encuenta fascinada por tu locuacidad, y sientes que es tu obligación con el mundo compartir tu increíble don. No merecen simpatía alguna pero al menos tienen el atenuante de que no están conscientes de lo que hacen.
  • El qué dirán: Valoras tu imagen de simio que nunca tocaría un libro, y quieres impedir a toda costa adquirir la reputación de persona pensante. Por eso jamás estarías en público realizando algo que requiere actividad neuronal, y para distraerte hablas paja. En resumen eres un idiota.
  • Te gusta joder: Te sientes ofendido, insultado, intimidado por la gente que encuentra placer en leer, o simplemente te parece pretenciosa, con lo que sientes que estás obligado a aurrinarles la experiencia. O tu mayor aspiración en la vida es hacer desperdiciar el tiempo de la mayor cantidad de gente posible en conversaciones cretinas. Debieras ser castigado con 7 días de colas en solitario.

domingo, 14 de junio de 2009

Complejidades telefónicas: de cumpleaños y velorios

Entre el chat, el BlackBerry, y el mensajito de texto la vulgar llamada ha perdido bastante importancia. Aún así hay ocasiones para las cuales la llamada es indispensable. Para los cumpleaños hay una jerarquía clara. A los conocidos lejanos se les escribe por Facebook, como para notificar que te acuerdas de su existencia. A los conocidos punto un mensajito de texto, tiene el significado añadido de que no sólo te recordaste sino que tienes su número o te preocupaste en buscarlo. Ya a los amigos se les llama.

La llamada de feliz cumpleaños, al menos las que he hecho, son unas llamadas bastante raras. Yo cuando menos no sé como responder cuando me llaman en mi cumpleaños:

- "Aló"
- "Epa Igor, ¿como andas?"
(Aquí viene la pregunta: ¿será que no se acuerda, estará llamando por otra vaina?)
- "Bien vale ¿tú?"
(Termina de decir feliz cumpleaños y deja de hacerte el interesante cretin@)
- "De pinga chamo."
(Silencio incómodo)
- "Feliz cumple, chamo."
- "Gracias vale"
(Ok, si se acordó. Ahora me pongo a pensar en si hay algo más interesante de decir que gracias. Nunca he entendido la necesidad de esas gracias igual. Generalmente sigue más silencio. Las dos personas piensan si quieres verse la cara esta noche o si tienen mejores planes)
- "¿Y qué vas a hacer?"
(¿Invitar o no invitar? ¿Cuadrará con la otra gente, o será un encuentro de mundos seinfeldiano? ¿Eventos separados por grupo de amigos? ¿O simplemente me da flojera celebrar el día?)
- "Creo que nada, me da flojera."
(Vía del mínimo esfuerzo)
- "Que aburrido."
(Que te coja un burro)
- "Chao."

Honestamente provoca compactar toda la conversación en contestar con un:

- "Epa, gracias por acordarte, en mi casa desde las 9, un saludo. Preguntas por mensajito por favor."
(Trancar)

Cuando llama uno tampoco sabes que decir. Está la presión de ser original con las felicitaciones, de tratar de diferenciar tu llamada de las docenas que recibe la gente. El baile delicado de averiguar si estás invitado a cualquier evento, y de buscar no recibir invitación cuando tienes otros planes. El silencio al procesar si los amigos de la persona en cuestión te caen tan bien como para pasar una noche con ellos. Si no te caen bien poner una noche aburrida en la balanza con lo bien que te cae la persona. La presión de inventar una excusa convincente. Para ser algo tan cotidiano, algo que pasa todos los años (el mismo día y todo) está repleto de trampas sociales.

Las llamadas natalicias se parecen bastante a las de pésame. Conversación telefónica más incómoda que esa no hay. Intentar ser original está destinado al fracaso, y si lo logras existe un alto riesgo de decir algo inapropiado. Si la llamada se prolonga mucho corres el terrible riesgo de enterarte de los detalles de la muerte, algo que de lo cual ni tú ni la persona del muerto (debe haber una palabra pero se me escapa) quieren hacer, pero a veces sucede por la necesidad de prolongar la conversación más de lo necesario. Otra vez, creo que estaríamos todos mejor con llamadas tipo contestadora.